Algunos economistas de Estados Unidos sostienen que la recesión ya está impactando la economía del país, pese a los esfuerzos de la administración de George W. Bush por seguir negándolo, una constante de su gobierno por querer tapar el sol con un dedo.
El problema de fondo es la desregulación de la economía, la pérdida de poder regulador del Estado central. El fracaso de este tipo de economía se evidenció primero en la desregulación del capital y del comercio (con o sin Tratado de Libre Comercio). El capital productivo pudo salir de EE.UU. hacia países donde existía menos regulación a leyes laborales y ambientales. Eso, más el deficit en la balanza comercial de los EE.UU., mostró al mundo la incapacidad regulatoria del Estado sobre sus propias corporaciones.
El reino de la especulacóon financiera (la crisis hipotecaria es una de ellas) sumada a los escándalos de corrupción de las grandes empresas dedicadas al negocio de la guerra y la reconstrucción, fue otra evidencia de la pérdida de poder regulatorio del Estado. El conflicto de intereses en el manejo de la cosa pública, finalizó el cúmulo de evidencias de que caminaba al desastre. La recesión es la prueba mayor del fracaso del modelo económico que impuso el gobierno de turno al mundo entero. La única forma de salir de la debacle es el cambio de modelo, lo que empieza por restituir el poder fiscalizador y regulatorio del Estado frente al interés privado.
A la menor muestra de que Bush va a destinar el paquete de emergencia y más tarde el plan de reactivación a quienes hundieron al pais en este desastre, refleja que se persiste en dejar en pie el poder de Wall Street y su modelo económico. Si Bush no está dispuesto a redefinir un nuevo tratado ( New Deal ), esto va a ser forzado por la impaciencia popular contra quien salga electo en las elecciones de noviembre.
Hay líderes de pueblo que estan abandonando el circo electoral para fortalecer la reacción popular. Los derechos laborales del pueblo americano han sido saboteados por el modelo económico que hoy parece colapsar. Jamás el sistema bipartidario y sus gobiernos de turno hicieron nada por fijar mínimos salariales a nivel mundial, eso habría detenido la fuga de capitales y el deterioro ambiental en el mundo. Favorecieron en cambio la libertad de cada Estado de sobre-explotar al máximo su propio sector laboral. Hoy ese bumerang retorna sobre la cabeza de ese pueblo. Y si el pueblo no se sacude de las estructuras económico-políticas que causaron la debacle, la barbarie de las grandes empresas caníbales terminaría deborando a la nación entera, como algunos sospechan.
El colmo de un país capitalista es quedarse sin capital, situación que pesará por un buen tiempo sobre su gente, que tendrá que ajustarse los cinturones para seguir manteniendo vivo el “sueño americano”, que para muchos se torna en pesadilla al perder sus fuentes de trabajo y sus casas.
El Editor