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Publicado el 12/04/2010 2:10 PM EST
¡Felices Fiestas y Próspero Año Nuevo!
El editor
Parece que fue ayer y quién diría que el 2010 ya llega a su término. Recordamos el 2009 y también pareciera que fue ayer. Es como si de repente el planeta hubiera acelerado su giro en torno al eje. Al despedir el 2010 de manera rápida es como si nos diera un aliciente de que el Nuevo año nos traerá mejores alternativas. Pero por el otro lado, mientras quremos pensar que la tierra está dando vueltas estrepitósamente, haciendo un balance entre el 2009 y el 2010 es como si el tiempo se hubiera detenido. Algunos hasta piensan que en vez de avanzar hacia un futuro más promisorio nos hemos estancado en el fracaso a nivel de humanidad, paradójicamente, mientras la tecnología ha trazpasado fronteras inimaginables. Es como si la tecnología en avance nos fuera quitando nuestra humanidad, nuestro sentido común, y nos arrojara hacia atrás. Como humanos siempre tendemos a buscar culpables de nuestra propia desgracia. Creyentes o no, optimistas o eternos frustrados, recibimos el 2011 como venga y con este relato que puede pasarle a cualquiera. Mantengamos la fe. “Un profesional desempleado despertó una mañana y revisó su bolsillo. Todo lo que le quedaba eran $10. Decidió utilizarlos para comprar comida y esperar así la hora de morir, ya que era demasiado orgulloso como para pedir limosna. Estaba tan frustrado por no encontrar empleo y no tenía a nadie disponible para ayudarle. Compró su comida y en cuanto se sentó a comer, un anciano y dos pequeños niños se le acercaron y le pidieron que les diera comida, ya que no habían comido en casi una semana. El profesional los miró. Estaban tan flacos que se les notaban los huesos. Sus ojos se les habían hundido. Con el último pedazo de compasión que le quedaba, les dio su comida. El anciano y los niños oraron para que Dios le diera bendiciones y prosperidad, y le dieron una moneda muy antigua. El joven profesional les dijo "ustedes necesitan esa oración más que yo". Sin dinero, sin empleo y sin comida, el joven fue debajo de un puente a descansar y esperar la hora de su muerte. Estaba a punto de quedarse dormido, cuando vio un viejo periódico en el suelo. Lo levantó, y de repente leyó un anuncio para los que tuvieran monedas antiguas las llevaran a cierta dirección. Decidió ir a ese lugar con la moneda antigua que el anciano le dio. Al llegar al lugar, le mostró la moneda al propietario del lugar quien gritó, sacó un gran libro y le mostró al joven graduado una foto. Era la misma moneda, cuyo valor era de 3 millones de dólares. El joven graduado estaba muy emocionado mientras el propietario le dio una ficha bancaria por los 3 millones. El joven cobró el dinero y se fue en búsqueda del anciano y los niños. Para cuando llegó a donde los dejó comiendo, ya no estaban. Le preguntó al dueño de una cantina cercana si los conocía. El dueño le dijo que no los conocía, pero que le habían dejado una nota. Rápidamente abrió la nota pensando que averiguaría donde encontrarlos. Esto era lo que la nota decía: "Nos diste todo lo que tenías, y te hemos recompensado con la moneda, firma: Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. 1 Reyes 17:10-16; Mateo 11:28-30.”


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